Tu Hijo Dice Que Se Aburre, Es Lo Mejor Que Puede Pasar.

Llegaron las vacaciones de junio y tu hijo adolescente ya está en pijama desde el miércoles. Mira el techo. Se queja de que no hay nada qué hacer. Te mira. Suspira. Y tú—porque eres humana y porque llevas años en esto—sientes ese impulso que todos sentimos: tengo que hacer algo.
Tengo que proponer algo. Tengo que solucionar esto.

Llevo años viendo eso mismo en mi consultorio. Padres entrando ansiosos: “¿Está deprimido? ¿Debería inscribirlo en algo? ¿Estoy fallando?” Y esa ansiedad que conozco bien porque la viví, porque la vivo. Ese pánico de que si tu hijo no está ocupado, si no está logrando, si no está haciendo, entonces algo anda mal.

Pero aquí está lo que quiero decirte hoy: no. Tu hijo se aburre porque probablemente hiciste algo bien.

No lo digo para tranquilizarte. Lo digo porque lo veo constantemente: los adolescentes más seguros de sí mismos, los que encuentran caminos propios, son exactamente los que pasaron tiempo sin nada qué hacer. Los que se aburrieron de verdad, sin pantalla, sin ruido, sin escapatoria.

El aburrimiento es incómodo. Sí. Horrible, hasta. Pero esa incomodidad tiene un propósito que casi no hablamos.


Hace poco una mamá me contó algo que no puedo dejar de pensar. Su hijo de 15 años pasó un fin de semana completo sin celular—accidente, se lo olvidó en casa de un amigo. Y ella esperaba lo peor: pánico, drama, el típico “no puedo vivir sin mi teléfono”. Pero lo que pasó fue diferente. El lunes, cuando recuperó el celular, le dijo algo que la marcó: “Mamá, me aburrí tanto que empecé a escuchar música que no había escuchado en años. Me acordé por qué me gustaba tocar guitarra.”

Eso. Eso es lo que pasa cuando realmente nos permitimos estar incómodos.

El cerebro adolescente durante esas horas de aburrimiento genuino—sin pantalla, sin ruido, sin nada—entra en lo que los neurocientíficos llaman la red por defecto. Suena técnico, lo sé. Pero es donde pasa lo importante. Es donde procesa emociones. Donde construye identidad. Donde imagina quién quiere ser. Donde resuelve conflictos internos que ni sabe que tiene.

Cuando “no hace nada”, está haciendo mucho.

Está aprendiendo a tolerarse a sí mismo. Algo que suena simple pero que es fundamental. A inventarse. A descubrir qué le gusta cuando nadie le está diciendo qué tiene que gustarle. Y eso, amiga, no se aprende en un taller de verano. Se aprende en el silencio incómodo de un martes sin plan.


Lo que me asusta es que vivimos en una cultura que trata el tiempo libre como un problema. Como si la ocupación fuera la métrica de éxito. Si tu hijo está ocupado, si logra, si tiene actividades, si tiene metas—okay, estamos haciendo bien nuestro trabajo. Pero hay una diferencia que casi nadie ve: la diferencia entre un hijo que sabe entretenerse y un hijo que sabe estar.

El primero siempre busca un estímulo externo para no sentir el vacío. El segundo tiene algo adentro que lo sostiene. Un centro de gravedad propio.

Y ese “algo adentro” se construye precisamente en los momentos que tanto nos asustan.


Entonces cuando tu hijo dice “me aburro”, ¿qué haces?

Lo primero es responder desde tu calma, no desde tu pánico. Tu instinto va a ser proponer algo. Una actividad, un plan, algo que lo “solucione”. Resistir ese impulso es más difícil de lo que parece, créeme. Pero puedes intentar algo tan simple como decirle: “Qué incómodo. A ver qué se te ocurre.”

Y luego seguir con lo tuyo.

No es abandono. Es lo opuesto. Es decirle sin palabras: creo que puedes. Confío en que encuentres tu propia salida. Que no necesitas que yo resuelva tu tiempo. Que creo en tu capacidad de inventarte.

Es un regalo enorme, aunque él no lo sienta así ahora.

Lo que sí puedes hacer es tener conversaciones reales. No “¿qué quieres hacer?” sino “¿qué te llama la atención?” “¿Qué te daría curiosidad probar?” “¿Qué te gustaba cuando eras más chico?” Tener materiales disponibles sin imponer: un libro, una guitarra olvidada, colores. Invitarlo casual a cosas—”voy al mercado, ¿vienes?”—sin que sea una actividad planificada.

Y si puedes, modela. Si tú también te permites momentos sin productividad, sin pantalla, sin tener que demostrar nada, le estás enseñando algo que ningún taller puede.


La verdad es que el aburrimiento en vacaciones no es señal de que algo está mal. Es señal de que hay espacio. Y el espacio es lo que necesita un cerebro adolescente para crecer.

El problema real no es que tu hijo se aburra. El problema es cuando se resuelve siempre con una pantalla. Porque entonces nunca llega la parte interesante. Nunca llega la invención.

Deja que llegue.

Aguanta ese silencio incómodo un poco más de lo que te resulta tolerable.

Y confía en que algo va a pasar adentro, aunque no puedas verlo.

Siempre pasa.

Soy Johana Suden psicóloga clínica con práctica en Bogotá, Colombia, especializada en desarrollo de identidad en adolescentes, género, y acompañamiento clínico cauteloso en contextos polarizados.

Trabajo con adolescentes que se sienten incomprendidos, que están atravesando momentos difíciles, y con padres que quieren recuperar la conexión con sus hijos, pero no saben cómo.

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