Fatiga Emocional: Por qué dormir ya no te Cura

Hay un momento, casi siempre un martes cualquiera porque los martes no perdonan a nadie, en el que te das cuenta de algo raro.

Dormiste. Tomaste café. Hasta llegaste cinco minutos antes al trabajo, cosa que en tu vida pasa una vez al año y deberían darte un diploma. Y aun así ahí está. El mismo cansancio de ayer, sentadito, como si te hubiera esperado despierto toda la noche.

Y no hablo de ese cansancio rico, el que te deja un viaje largo o una caminata al sol y que se cura con una siesta y una buena comida. Hablo de otro. Uno más necio. Uno que vive debajo de la piel, como si alguien hubiera dejado una aplicación abierta en tu cabeza hace meses y se le hubiera olvidado, convenientemente, cerrarla.

Entonces haces lo que hacemos todos. Piensas que necesitas vacaciones. Después un masaje. Después vitaminas, otro café, dormir una hora más el sábado a ver si con eso. Y cuando nada de eso funciona, porque no va a funcionar, spoiler, empiezas a sospechar bajito, casi con pena, que el problema eres tú.

No lo eres. Casi nunca lo eres.

En el consultorio escucho una frase que hace diez años casi no existía y que ahora me la repiten con una regularidad sospechosa, casi todas con las mismas palabras exactas, como si se hubieran puesto de acuerdo. Estoy agotado pero no sé de qué.

Y es curioso, porque nunca tuvimos tantas herramientas para hacernos la vida más fácil. Lavaplatos, domicilios, quince apps para meditar. Y aun así llega cada vez más gente a mi consulta en Bogotá con la sensación de que vivir, sin más, se volvió pesadísimo. No porque estén haciendo algo dramático. Sino porque nunca, jamás, dejan de estar disponibles.

Nuestro cerebro casi no se acuerda de lo que es el silencio. Revisamos el teléfono antes de abrir bien los ojos. Desayunamos contestando mensajes. Caminamos pensando en la reunión de las tres. Vemos una película con el correo abierto en la otra mano, como quien no quiere la cosa. Salimos a descansar y terminamos fotografiando el descanso para probarle a alguien, ¿a quién, exactamente?, que sí estamos descansando.

Cansa hasta escribirlo. A mí me cansó.

Y el cuerpo, que no es tonto, se entera antes que nosotros.

En psicología esto tiene nombre. Se llama hiperactivación. Es cuando el sistema nervioso se queda pegado en modo vigilancia, como una alarma de incendio que sigue sonando aunque el fuego se apagó hace rato y ya nadie se acuerda de dónde estaba el extintor. Lo curioso, lo verdaderamente injusto, es que esa alarma ya ni siquiera necesita una tragedia para dispararse. Le basta con lo chiquito de todos los días.

El mensaje que dejaste en visto. La noticia que leíste sin querer y ahora no puedes dejar de pensar. Esa llamada que sigues posponiendo con la excusa de mañana sí. La cuenta por pagar. La conversación incómoda que llevas ensayando toda la semana en la ducha, en el carro, mientras finges dormir. El hijo que últimamente lo notas raro, distante. La pareja que sientes un poco más lejos sin poder señalar desde cuándo. Esa sensación fantasma de que se te olvidó algo importante y no sabes qué.

Vivimos en modo reacción. Y cuando uno vive así, el cuerpo va perdiendo, de a poquitos, la memoria de cómo se descansa de verdad. Se le olvida, como se olvida un idioma que no se practica.

Freud decía que buena parte de nuestra energía psíquica se nos va resolviendo conflictos internos. Hoy esos conflictos se multiplicaron como conejos. Queremos ser exitosos sin descuidar a la familia, estar presentes con los hijos sin fallar en el trabajo, cuidar la salud, las amistades, la pareja, la plata. Y hacerlo, además, sonriendo para la foto. Es una lista que nadie en su sano juicio podría cumplir completa. Y aun así la cargamos como si fuera lo mínimo, como si pedir menos fuera de flojos.

Lacan hablaba del peso de la mirada del otro. Sospecho que hoy esa mirada ya ni siquiera viene de gente real. Viene de una pantalla llena de personas que parecen tener la vida resuelta, con la cocina ordenada y la rutina matutina perfecta, mientras nosotros seguimos buscando dónde diablos dejamos las llaves.

Y sin darnos cuenta, ese es el problema, que nunca nos damos cuenta a tiempo, terminamos viviendo para cumplir expectativas que ni siquiera elegimos nosotros.

Entonces el cuerpo empieza a protestar. No siempre con ansiedad obvia, con el corazón a mil que uno pueda señalar y decir ahí está. A veces es más discreto. Insomnio. Irritabilidad que sale de la nada y te sorprende hasta a ti. Esa incapacidad para concentrarte en algo tan simple como un párrafo, que terminas leyendo tres veces sin entender ni una. Una tristeza que no logras explicarle a nadie, ni a ti mismo. Esa sensación rarísima de estar completamente lleno y completamente vacío, al mismo tiempo, un martes cualquiera.

Le decimos cansancio. Pero muchas veces no lo es.

Es fatiga emocional. Es la factura de haber creído, durante demasiado tiempo, que descansar es un premio que hay que ganarse con méritos y no una necesidad tan básica como comer o respirar.

Tal vez el autocuidado de verdad no empiece con una vela aromática ni con una rutina de mañana sacada de Pinterest. Tal vez empiece el día que dejamos de preguntarnos cuánto más aguantamos y nos atrevemos a hacernos una pregunta bastante más incómoda. ¿Hace cuánto no me siento lo bastante a salvo como para bajar la guardia?

Porque dormir ayuda, sí. Pero hay un descanso más hondo que ese. El que llega cuando, aunque sea por un rato cortico, dejamos de sostener el mundo entero con los brazos estirados y nos acordamos de que también somos humanos. Solamente eso. Humanos.

Y los humanos, por fuertes que nos empeñemos en parecer, no fuimos hechos para vivir siempre en alerta.

Quizás el gesto más valiente de esta época no sea hacer más.

Quizás sea, por fin, permitirnos dejar de sobrevivir para volver a vivir.

Soy Johana Suden psicóloga clínica con práctica en Bogotá, Colombia, especializada en desarrollo de identidad en adolescentes, género, y acompañamiento clínico cauteloso en contextos polarizados.

Trabajo con adolescentes que se sienten incomprendidos, que están atravesando momentos difíciles, y con padres que quieren recuperar la conexión con sus hijos, pero no saben cómo.
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