Son las 11:47 p.m. Ya cerraste el computador. Ya te lavaste los dientes, apagaste la luz, te acomodaste bajo las cobijas con la firme intención de dormir como una persona funcional.
Y sin embargo, ahí está tu mano, casi por voluntad propia, buscando el teléfono una vez más.

No porque esperes buenas noticias. Nadie revisa el teléfono a esa hora esperando buenas noticias. Lo haces porque hay una vocecita adentro que dice necesito saber, aunque ya sepas, en el fondo, que saber no te va a dar paz. Solo te va a quitar otros veinte minutos de sueño.
Y cuando por fin sueltas el teléfono, no te sientes más tranquila. Te sientes más cansada. De un cansancio raro, que no se explica con las horas que dormiste.
Si esto te suena a una escena de tu propia vida, bienvenida. No estás rota. Y definitivamente no eres la única.
Esto tiene nombre. Se llama fatiga de alerta, o doomscrolling cuando hablamos específicamente del hábito de scrollear noticias negativas sin poder parar. Y básicamente es tu sistema nervioso quedándose atascado en modo algo va a pasar, aunque en este momento exacto, tú, en tu cama, con tu pijama de siempre, no haya ningún león persiguiéndote.
Porque así nos diseñó la naturaleza. Para amenazas puntuales. Aparece el peligro, el corazón se dispara, corremos, el peligro se va, el cuerpo se calma. Fin de la historia. Ese último paso, el de calmarse, es tan importante como el primero.
El problema es que las noticias de hoy no vienen con ese final feliz incorporado. El clima que cambia, la crisis que nunca termina de resolverse del todo, la siguiente alerta que ya está anunciada antes de que hayas procesado la anterior. Es una historia sin capítulo final. Y tu cuerpo, que no sabe leer calendarios ni saber cuándo ya pasó lo peor, se queda ahí. Encendido. Esperando algo que no llega a cerrarse nunca.
No es que tú seas más sensible que el resto del mundo. Es que llevas mucho tiempo en alerta, sin el descanso que tu cuerpo lleva rato pidiendo.
Aquí está lo curioso de la fatiga de alerta. Casi nunca se nota desde afuera. Puedes seguir yendo a trabajar, cocinando, contestando mensajes con emojis apropiados, y aun así estar cargando esto todo el tiempo, como una mochila invisible.
Estas son las señales que veo constantemente en mi consultorio en Bogotá. Revisar las noticias varias veces al día por si acaso, sabiendo perfectamente que te va a dejar peor. No poder concentrarte en algo tan simple como leer un párrafo, porque tu cabeza sigue en otro lado. Sentir culpa, esa culpa rarísima, cuando notas que por un momento estás bien, mientras en algún lugar del mundo alguien no lo está. Tensión que vive permanentemente en tu cuello, tu mandíbula, tu estómago, incluso en los ratos donde, en teoría, podrías estar tranquila. Un cansancio que no calza con lo que realmente hiciste ese día.
Ninguna de estas cosas significa que algo está mal contigo. Significa que tu cuerpo lleva tiempo respondiendo a algo muy real, de la única manera que sabe hacerlo.
Hay una línea delgadísima entre estar informada y vivir en alerta permanente.
Estar informada te da herramientas. Te ayuda a entender lo que pasa, a tomar decisiones, a cuidar a quienes quieres. Vivir en alerta permanente, en cambio, solo te agota. Y aquí viene lo importante. No te vuelve más capaz de hacer nada al respecto. Todo lo contrario. Un sistema nervioso saturado tiene menos capacidad de responder con claridad, no más.
Esa línea no siempre se siente clara desde adentro, lo sé. Así que aquí va una pregunta que suelo darles a mis pacientes, por si te sirve a ti también. Lo que acabo de leer, ¿me dio algo que pueda usar, o solo me dejó más tensa?
Si la respuesta es lo segundo, no significa que tengas que desconectarte del mundo. Significa, tal vez, que ya es hora de ponerle un límite al flujo constante.
Preocuparte por lo que pasa en el mundo, en el país, en el clima, eso es humano. Es, de hecho, una señal de que te importa. No es, por sí solo, un síntoma.
El momento de prestarle atención de verdad es cuando esa preocupación deja de ser información y empieza a quedarse con el lugar de tu vida diaria. Cuando el sueño se va. Cuando las cosas que antes te daban alegría ya no logran alcanzarte. Cuando las personas que quieres empiezan a sentirse un poco más lejos, no porque hayan cambiado, sino porque a ti ya no te queda energía para llegar hasta ellas.
Ahí no se trata de aguantar más. Se trata de tener un lugar donde puedas soltar esa intensidad. No para dejar de sentir, porque sentir está bien, sino para que sentir no te cueste todo lo demás.
Si algo de esto se sintió muy parecido a tu propia vida, o a la de alguien que quieres, aquí estoy.
No tienes que cargarlo sola.
Sobre la autora
Soy Johanna Suden Rivera, psicóloga clínica en Bogotá, Colombia, especializada en ansiedad, fatiga informativa y regulación del sistema nervioso en la era digital. Trabajo en terapia individual, de pareja, infantil, adolescente y con adultos mayores.
Si reconoces este patrón en ti, si duermes con el teléfono en la mano, si no puedes parar de scrollear noticias aunque te dejan peor, en terapia trabajamos exactamente esto. Cómo poner límites reales al flujo constante. Cómo enseñarle a tu sistema nervioso que puede bajar la guardia sin dejar de importarte lo que pasa afuera.
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