Lo curioso del TDAH, no entiende de leyes

Hay un momento que se repite en mi consultorio y que casi nadie nombra.

No es el día del diagnóstico. Ese ya pasó. Es lo que viene después.

Es el papá o la mamá sentados frente a mí, con la agenda llena de terapias, colegio con acompañamiento, controles con neurología. Todo funcionando. Todo en orden. Y aun así me dicen algo parecido a esto. Johanna, siento que nuestra casa dejó de ser una casa. Se convirtió en una clínica.

Ese momento me pesa siempre.

Porque en agosto de este año Colombia sancionó por fin la Ley 2628 de 2026, la llamada Ley TEA. Un paso histórico que familias llevaban años peleando. Diagnósticos oportunos, cupos escolares, terapias, protección legal. Todo lo que hacía falta empieza a existir en el papel.

Pero hay algo que la ley por sí sola no puede resolver. Y es exactamente eso que esa mamá me contaba. Lo que pasa cuando se cierra la puerta de la casa y ya no queda ni colegio ni terapia. Solo ellos.

Eso también es inclusión. Y ahí es donde nos toca a nosotros.

Durante años entendimos la inclusión de una manera curiosa. Como conseguir que una persona se adapte a los espacios que ya existen. Como si el problema fuera de ella y la solución fuera hacerla encajar. Pero hay otra pregunta más justa. ¿Qué podemos cambiar nosotros para que ella pueda participar de una manera que le resulte posible?

Este cambio de pregunta parece pequeño. Pero lo cambia todo.

Piensa en una mesa familiar. Uno quiere hablar. Otro prefiere escuchar. Alguien necesita más tiempo para responder. Otro se divierte solo con estar ahí observando. ¿Significa eso que no están juntos?

Al contrario. Están juntos de una manera distinta. Y esa manera también cuenta.

En terapia veo mucho de esto. Familias agotadas de intentar que todo momento se convierta en un momento pedagógico. Cada cena, cada juego, cada paseo evaluado bajo la lupa de si está siendo terapéutico. Y lo entiendo. Vienen de años peleando por acceso a servicios. Pero hay algo que necesito decirles siempre.

Su familia también necesita momentos donde el niño no sea definido por su diagnóstico. Momentos para reír. Para descansar. Para simplemente estar. Sin objetivo. Sin plan de trabajo.

Ahí, el juego cotidiano tiene un valor especial. No porque reemplace ninguna terapia. Sino porque permite algo que ninguna terapia puede dar. Estar juntos sin que nadie tenga que hacerlo bien.

Menciono un ejemplo concreto porque me ha servido con varias familias. Hay un juego colombiano llamado Jooga, cartas de conexión. Lo interesante desde mi mirada clínica no es que sea para autismo, porque no lo es específicamente. Lo interesante es que su estructura permite que cada persona participe como pueda. Una carta se puede responder hablando. O dibujando. O haciendo otra pregunta. O simplemente escuchando. Alguien puede pasar. Alguien puede observar. Y todo eso sigue siendo el juego.

No es magia. Es una idea sencilla llevada bien. Cada uno participa desde donde puede.

Y esa idea, si la piensas, es lo que necesitamos aprender como sociedad.

Porque la Ley TEA es un piso mínimo. Es lo que Colombia le debía desde hace años a miles de familias. Pero ninguna ley enseña a un papá a sentarse en el piso con su hijo sin exigirle que interactúe como los demás niños. Ninguna ley enseña a una mamá a soltar la culpa de que un domingo sea solo un domingo, sin objetivos terapéuticos.

Eso se aprende en casa. En el parque. En el consultorio. En una conversación. En un juego.

La inclusión no empieza cuando conseguimos que todos participen igual. Empieza cuando dejamos de exigir que lo hagan.

Y si tienes un hijo o una hija con TEA, TDAH o cualquier condición del neurodesarrollo, quiero decirte esto. Tu trabajo más importante como familia no es asegurarte de que todo sea terapéutico. Es asegurarte de que sigan siendo familia. Con espacio para reír. Para descansar. Para estar juntos siendo quienes son.

Eso también es inclusión. Y esa parte, sí depende de nosotros.


Sobre la autora

Soy Johanna Suden Rivera, psicóloga clínica en Bogotá, Colombia, especializada en acompañamiento familiar, neurodiversidad y adolescencia.

Si tienes un hijo con TEA u otra condición del neurodesarrollo y sientes que tu familia necesita acompañamiento para lo que viene después del diagnóstico, en terapia trabajamos exactamente eso.

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