De la Tablet de Mi Hijo Y los juguetes que Ya No usa

Hace unos meses, una mamá llegó a mi consultorio en Bogotá con su hijo de cinco años. Lo primero que me dijo, con esa honestidad que a veces solo aparece después de meses de aguantar, fue algo así.

Johanna, el niño ya no sabe estar quieto si no tiene la tablet. Y lo peor es que yo tampoco sé qué hacer con él si no se la doy.

Esa frase me quedó dando vueltas toda la semana. Porque no es rara. Es la norma.

Y no la cuento para juzgarla. La cuento porque capturó algo que estamos atravesando casi todas las familias hoy. Esa sensación de que algo no está bien, pero no sabemos exactamente qué, ni cómo salir.

Entonces quiero hablar de los primeros catorce años. De lo que un niño está construyendo en silencio durante ese tiempo. Y de qué papel están jugando las pantallas en esa construcción.

No es un artículo para asustarte. Es un artículo para que entiendas qué está en juego.

Los primeros siete años son los más intensos del desarrollo cerebral humano. Punto. En esos años se forman las conexiones neuronales que sostendrán después todo lo demás. El lenguaje. La regulación emocional. La capacidad de esperar. La confianza en los vínculos.

Y aquí está lo importante. Ese cerebro no se construye solo. Se construye en relación. Cuando lo cargas, cuando le hablas, cuando acompañas su frustración, cuando le lees un cuento, cuando dejas que te vea equivocarte y repararlo. Cada una de esas escenas, aparentemente insignificantes, está esculpiendo algo.

Un bebé frente a una pantalla no construye nada de eso. No porque sea malo. Sino porque la pantalla no responde. No lo mira. No lo abraza cuando se asusta. No lo escucha cuando balbucea. Y a esa edad, lo que no se recibe en vínculo, no se construye.

Por eso la Organización Mundial de la Salud es tajante. Antes de los dos años, cero pantallas, salvo videollamada con la abuela. Entre los dos y los cinco, máximo una hora al día, acompañado. Y si es menos, mejor, dice textualmente la guía.

No lo digo yo. Lo dice la ciencia reunida en más de 270 estudios.

Entre los siete y los catorce años cambia el escenario pero no la lógica. El niño ya no depende tanto del cuidador. Ahora el mundo se amplía. Aparecen los amigos, el colegio, los primeros desacuerdos sociales, la pregunta íntima de quién soy yo entre todos ellos. En esta etapa se desarrollan capacidades para la autonomía, para la autorregulación, para resolver conflictos reales con personas reales.

Y para que esas capacidades se desarrollen, el niño necesita vivir situaciones donde practicarlas. Necesita aburrirse en una tarde de domingo. Necesita pelearse con un amigo y reconciliarse al día siguiente. Necesita decidir qué hacer con una hora libre sin que nadie se la organice.

Lo que me preocupa como psicóloga no es que los niños jueguen videojuegos. Es que el videojuego se vuelva el único refugio cuando aparece el aburrimiento, la tristeza, la rabia o la ansiedad. Porque entonces el niño no desarrolla recursos internos. Desarrolla dependencia de un recurso externo.

Y aquí está la trampa que casi nadie nombra. La pantalla no es el problema por sí sola. El problema es lo que desplaza. Si tu hijo pasa tres horas en la tablet, son tres horas que no está jugando con otros niños, no está moviéndose, no está aburriéndose creativamente, no está hablando contigo, no está durmiendo bien si la usa de noche.

Ese es el costo real. No se mide en minutos de exposición. Se mide en experiencias que no están ocurriendo.

Entonces, ¿qué puedes hacer? No necesitas eliminar la tecnología. Nadie te pide eso y además no es realista. Lo que sí puedes hacer es revisar qué función cumple la pantalla en tu casa.

Si tu hijo se frustra y le das la tablet, le estás enseñando que la frustración se calma con una pantalla. Si come viendo videos, le estás enseñando que comer sin estímulo es insoportable. Si se aburre y le pasas el celular, le estás enseñando que estar consigo mismo es algo que hay que evitar.

Pequeñas decisiones. Grandes consecuencias.

También importa el ejemplo. Los niños no aprenden lo que les decimos. Aprenden lo que nos ven hacer. Si cenamos con el celular en la mano, si contestamos mensajes mientras ellos nos hablan, si vemos televisión mientras los acompañamos a jugar, les estamos enseñando una relación con la tecnología que después les vamos a reclamar.

Y hay algo que necesito que escuches como mamá o papá. No tienes que ser perfecto. Nadie lo es. Pero sí puedes empezar a observar qué está ocupando el tiempo de tu hijo, y preguntarte si hay otras experiencias que quisieras que también estuvieran ahí.

Jugar sin un objetivo. Aburrirse sin pánico. Pelearse con un hermano y resolverlo. Mirar por la ventana. Inventar un juego con dos palos y una caja.

Esas experiencias no vuelven después. La infancia pasa una sola vez. Y lo que no se vive ahí, no se vive.

No se trata de prohibir la tecnología. Se trata de proteger la infancia.

Son cosas distintas.

Sobre la autora

Soy Johanna Suden Rivera, psicóloga clínica en Bogotá, Colombia, especializada en desarrollo infantil, crianza consciente y acompañamiento a familias con niños y adolescentes.

Si sientes que las pantallas están ocupando un lugar más grande del que te gustaría en la vida de tu hijo, o si tú misma no sabes cómo salir de esa dinámica, aquí estoy.

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