Ayer, en el sofá, mientras cocinaba algo, escuché a mi hijo decirle a su hermana que había perdido como 5000 de aura en el colegio.
Me quedé quieta. Cuchara en mano. Tratando de descifrar qué parte de esa frase debía preocuparme más.
Le pregunté qué había pasado. Me miró con esa mezcla de compasión y superioridad que solo un adolescente sabe ponerte cuando le acabas de confirmar que no entiendes nada de su mundo. Nada, ma. Cosas.
Y se fue a su cuarto.
Si esta escena te suena, bienvenida. Somos muchas.

En las últimas semanas, en mi consultorio en Bogotá, no dejan de llegar mamás con la misma cara de desconcierto. Johanna, mi hija llegó llorando porque perdió aura frente a un chico que le gusta. ¿Eso qué significa? ¿Le pasó algo grave? ¿Es un juego? ¿Es serio?
Y la respuesta corta es sí. A todo.
Vamos a desarmar esto juntas, porque entender qué está pasando en la cabeza de nuestros hijos hoy, no es opcional. Es urgente.
Farmear aura viene de dos mundos que combinan sospechosamente bien. Farmear es una palabra del gaming, de los videojuegos. Significa hacer una acción una y otra vez para acumular puntos. Aura, en este contexto, no tiene nada de espiritual, no es tu energía ni tu chakra. Es esa cosa difícil de nombrar que tiene una persona cuando entra a un lugar y todos voltean. Presencia. Carisma. Seguridad. Ese no sé qué.
Junta las dos palabras y lo que tienes es esto. Hacer cosas para acumular puntos imaginarios de qué tan cool se te ve. Puntos que solo existen en la cabeza colectiva de un grupo de adolescentes que decidió, sin firmar contrato, jugar juntos a este juego.
El fenómeno explotó este 2026 con un video de un niño indonesio bailando con una elegancia absurda en la proa de un bote en un festival. Si tienes TikTok o Instagram, tu feed ya te lo mostró. Y de ahí, saltó a algo que a mí me parece fascinante y preocupante en partes iguales. Los adolescentes empezaron a hacer batallas de aura en plazas públicas. Argentina, México, Perú, y ya en Colombia también. Se paran uno frente al otro, sin tocarse, y compiten a ver quién tiene más presencia. El público decide con gritos y aplausos. No gana quien baile mejor. Gana quien logre proyectar más aura.
Lo sé. Se siente como que estás leyendo sobre otra especie.
Pero aquí viene lo que quiero decirte, mamá, y por favor lee esto despacio.
Lo que tu hijo está haciendo con este juego no es nuevo. Es exactamente lo mismo que hacíamos nosotras en el colegio cuando nos preocupaba con qué zapatos llegar el primer día. Cuando practicábamos frases delante del espejo para decirle algo cool a alguien que nos gustaba. Cuando fingíamos que no nos importaba una fiesta a la que no nos invitaron.
Se llama gestión de la impresión. Y llevamos décadas estudiándola en psicología social. La diferencia es que a nuestros hijos les tocó vivirla con un marcador de puntos permanente en la esquina de la pantalla. Nosotras podíamos fallar en privado. Ellos fallan y alguien lo cuantifica en voz alta. Perdiste 3000 de aura, hermano.
Imagínate crecer así.
Y hay algo más que necesito contarte, algo que tiene nombre desde hace más de cien años. El efecto halo. Es esa tendencia bien humana de dejar que una sola cosa que vemos de alguien, cómo camina, cómo habla, cómo se ríe, contamine para bien o para mal todo lo que pensamos de esa persona. El aura no mide nada real. Mide qué tan bien logra alguien que tú modifiques la impresión que ya tenías de él. Y ese arte, aunque suene banal, es algo que los seres humanos hemos hecho desde siempre.
Nuestros abuelos lo llamaban tener charme. Nosotras decíamos tiene onda. Ellos dicen tiene aura. Es el mismo idioma. Solo cambió el diccionario.
Entonces si el fenómeno es tan viejo, ¿por qué te preocupas? Buena pregunta.
Te preocupas porque hay una línea delgadísima, casi invisible, entre jugar a esto y quedarse atrapada en el juego. Y a esa línea la veo cruzarse muy seguido en mi consultorio.
Cuando tu hijo empieza a organizar su vida entera alrededor de no perder aura, algo se rompió. Cuando cualquier tropiezo público, un caída en el colegio, una respuesta torpe, un traje que no salió como esperaba, se procesa internamente como fracaso medible, ahí ya no es humor. Ahí es ansiedad social vestida de meme. Cuando empieza a evitar situaciones donde podría exponerse, a ensayar frases antes de decirlas, a preocuparse por lo que van a pensar los demás con una intensidad que no lo deja disfrutar nada, esa es la señal.
Y hay una ironía que no puedo dejar pasar. El propio meme se burla de quien se esfuerza demasiado. Intentar mostrar que tienes aura es, según las reglas no escritas del juego, la manera más rápida de perderla. Todo tiene que verse natural. Improvisado. Cool sin esfuerzo.
Que es, si lo piensas bien, exactamente el mismo doble mensaje con el que crecimos nosotras. Sé impresionante, pero que no se note que te importa serlo.
A veces me pregunto si en realidad no les hemos enseñado a nuestros hijos nada nuevo. Solo les dimos una palabra distinta para el mismo peso que ya cargábamos.
Entonces, ¿qué hacer con esto? Te lo digo con toda honestidad.
La próxima vez que tu hija te diga que perdió aura por algo aparentemente insignificante, resiste el impulso de reírte o de corregirle el vocabulario. Ninguna de las dos cosas la va a ayudar. Lo que sí puede ayudarla es preguntarle qué sintió. Qué le importaba de ese momento. Quién estaba mirando cuando pasó. Porque debajo del chiste casi siempre hay algo real. Vergüenza. Comparación. Miedo a no encajar. Ganas de gustarle a alguien y no saber cómo.
Y esas cosas, mamá, no las inventó TikTok. Las tenemos nosotras también. Solo que aprendimos a esconderlas mejor.
Ahora, si ves que la búsqueda de aura empieza a definir la forma de ser de tu hijo, si lo notas obsesionado con la mirada de los demás, si cada salida pública se convierte en fuente de ansiedad, si evita cosas que antes disfrutaba por miedo a quedar mal, ahí sí es momento de buscar acompañamiento profesional.
No para que deje de estar en TikTok. Eso no va a pasar. Para que aprenda a construir una identidad que no se pueda restar como en un videojuego.
Porque nuestros hijos no necesitan aura.
Necesitan raíz.
Y esa se construye lejos de la cámara.
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