Últimamente me he estado preguntando si todavía sabemos cómo se ve el amor real. No el que posteamos con filtros en Instagram, ni el que escribimos en los captions con emojis perfectamente escogidos, sino ese amor imperfecto que a veces se parece más a una escena de telenovela que a una fantasía romántica.

Y ahí, entre likes, expectativas y una taza de café a medio terminar, me descubrí pensando en Don Quijote. Sí, el caballero andante que confundía molinos con monstruos y amores con ideales inalcanzables. Él tenía a Dulcinea. Nosotros, tenemos a Instagram.
Idealización en el amor
El problema no es nuevo, claro. Ya lo habíamos explorado cuando hablamos del impacto de las redes en nuestra autoestima: vivimos en una época donde amamos más la idea de una persona que a la persona misma. Queremos una pareja con filtros HD: emocionalmente disponible, guapa, fuerte, estable, divertida… pero no demasiado intensa, por favor. Dulcinea, ¿estás ahí?
Y mientras soñamos con relaciones de catálogo, ignoramos a las Aldonzas: reales, vulnerables, con días malos, heridas del pasado y una capacidad increíble de amar sin manual. Las idealizamos, pero no las habitamos. Las deseamos, pero no las sostenemos.
Mitos del amor romántico
Freud lo explicó con la claridad de quien ya había escuchado muchas historias en el diván: no amamos al otro, amamos la imagen que proyectamos en él. Lacan fue aún más lejos: el amor es toparnos con nuestra falta, ese vacío que esperamos (injustamente) que otro venga a llenar.
Así que no, no es solo que nos guste alguien. Es que necesitamos que ese alguien sea la respuesta perfecta a todo lo que creemos que nos falta.
En otro post hablábamos de cómo la mujer muchas veces sostiene silenciosamente una relación. En este caso, la fantasía sostiene la relación hasta que el deseo empieza a fallar. ¿Y entonces? Vienen los desencuentros, las discusiones por tonterías, las crisis que, en realidad, no son por la otra persona, sino por ese espejo roto de expectativas no cumplidas.
Salud emocional en la pareja
Queremos amor verdadero, pero tememos mirar al otro con verdad. Queremos la chispa, pero no la incomodidad de ver su humanidad. Queremos intensidad sin compromiso, vulnerabilidad sin caos, conexión sin contradicción. Queremos a Dulcinea. Pero necesitamos a Aldonza.
Porque el verdadero amor no es un highlight reel. Es más como esas escenas sin editar de la vida: el desayuno frío, el silencio incómodo, la mirada cómplice después de una pelea absurda. Es ese momento en que te das cuenta de que, aunque no sea perfecto, hay algo ahí que vale la pena sostener.
Como dijimos en este artículo sobre relaciones que se rompen por errores invisibles: no es que no haya amor, es que no sabemos amar lo que sí tenemos.
Así que hoy me atrevo a decirlo, sin capa ni armadura:
🌹 Deja de buscar a Dulcinea. Ama a Aldonza.
Ama su sinceridad incómoda, su historia imperfecta, sus dudas. Porque solo en la imperfección se construye lo real. Y a diferencia de Don Quijote, tal vez tú sí puedas ver lo que él no se atrevió: que la hazaña más valiente no es idealizar, sino quedarse y amar a quien existe de verdad.

Recuperar el juego libre en la infancia es una oportunidad para transformar la desconexión digital en momentos de creatividad infantil, actividades creativas para niños y desarrollo emocional integral.


